Archivo mensual: noviembre 2009

La propuesta de Larsson

Es evidente que Larsson, en su primer libro de la saga de Millenium, nos muestra una Suecia tal y como la describe Mario Vargas Llosa: “Una sucursal del infierno, donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan (…)”. Un país donde nadie respeta las normas de un Estado de Derecho y donde las autoridades del propio país (políticos, policía, entre otros) son los que menos cumplen con sus obligaciones y más vulneran las normas.

Con ello, presenta una sociedad engañada pero que, a la vez, es capaz de actuar saltándose las normas, en este caso, para combatir con el mal. Lisbeth Salander es la figura que representa a una ciudadana inteligente que duda del Estado y que va a luchar contra él y los que lo dominan para terminar con la corrupción. A la vez, Salander es la imagen de la mujer maltratada, una mujer víctima del propio sistema, que la considera incapaz de valerse por sí misma y que debe depender de alguien que la tutele.

Así pues, parece que Larsson propone un nuevo orden de la sociedad: un sistema democrático más transparente, con una legislación más clara y dura y, con ello, un nuevo periodismo que informe a la sociedad de estas nuevas normas. Todo ello lo propone indirectamente, mostrándonos todo lo contrario de esta sociedad ideal: un sistema corrupto, donde la legislación depende de los que mandan (Salander no es una incapacitada, todo lo contrario) y donde la sociedad y un nuevo periodismo deben luchar por esta transparencia que hace falta en el sistema para funcionar.

Por otra parte, está la cuestión de la gestión de la información. Hoy en día sabemos que existe una nueva gran base de datos, llamada internet. Esta fuente de información es infinita y tiene varios peligros: que todo el mundo puede aportar información (por lo que puede haber muchos datos falsos) y que, por este motivo, hay datos personales que los ciudadanos no querrán que conozca otra gente pero a los que el Estado debe acceder para protegerlos.

Desde mi punto de vista, el escritor sueco plantea un Estado que cumpla la ley y que, a la vez, proteja al máximo a sus ciudadanos. Esto requiere que, en algunos casos, tenga que vulnerar sus derechos, entre ellos, el derecho a la intimidad. Por ello, esta información personal debe gestionarla un Estado transparente y que cumpla las leyes. Una autoridad en la que podamos confiar y a la que entreguemos esta información con el fin de que nos defienda de algunos peligros como las mafias, asesinos, maltratadores, entre otros.

Para llevar a cabo esta tarea, el Estado deberá de crear una institución pública que sea profesional en el tema. Un organismo que esté formado por profesionales de la informática, del derecho y que tengan experiencia en buscar algunas informaciones que circulan por internet, como pueden ser fotografías de pornografía infantil o de maltrato a mujeres, por ejemplo. Es importante que este organismo forme parte del Estado (sea público) y esté formado por profesionales, para garantizar su eficacia. También debe de haber una seguridad garantizada de que sólo se va a consultar aquella información personal cuando sea necesario. De modo que después de haberla consultado y haber conseguido el objetivo que se tenía se tenga que dar una explicación del uso que se ha hecho con esos datos.

Así pues, lo que yo entiendo que Larsson propone es, básicamente, que exista un Estado transparente que tenga el poder de acceder a algunos datos personales para defender al ciudadano pero de los cuales no pueda abusar, por lo que debe de haber un control continuo de las informaciones a las que se ha accedido y una justificación de su uso.

Hay que destacar que hemos hablado, en todo momento, de un organismo público, porque como podemos intuir, un organismo privado tiene unos intereses y éstos pueden llegar a tener más peso que los de defender al ciudadano (hemos visto muchos ejemplos en la actualidad que no hace falta ni comentar).

Todo ello: la transparencia, el Estado de Derecho, la creación de autoridades públicas, entre algunas otras reformas, debe de ser conocido por los ciudadanos. Es el periodismo el que debe de hacerse eco de estos cambios en la sociedad. De modo que esto incluye que el periodista también tenga que ser transparente y, a la vez, haga presión al Estado para que éste cumpla con su deber.

Por lo tanto, Larsson propone una nueva política, una nueva moral, un nuevo organismo que gestione la información para proteger a los ciudadanos (una especie de policía profesional que persigue a los delincuentes) y un nuevo periodismo que empuje a que todo esto funcione y que muestre a la sociedad que si todo esto se cumple, habrá un beneficio para todos.

Clara de Melo Ponce.

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Millenium en la gran pantalla

El éxito de la trilogía literaria de Stieg Larsson provoca que el lector tenga ganas de ver la versión en formato audiovisual. Como sucede con todo libro y película, el receptor se pasa las dos horas y media que dura el film analizando las diferencias entre ambos proyectos.

Hay que decir que Millenium, basada en el primer libro, me ha sorprendido agradablemente. No me molestan esas pequeñas variaciones que hay respecto a la obra literaria. La existencia de esas diferencias es lógica: la novela de Larsson tiene 666 páginas y la versión audiovisual, 150 minutos. La primera es una novela, la segunda, una película.

Además, yo diría que la película me ha ayudado a entender mejor ciertas cosas del argumento del libro que no me cuadraban del todo. Por ejemplo, en Los hombres que no amaban a las mujeres la hija del protagonista principal, el periodista Mikel Blomkvist, se desplaza hasta el lugar donde vive provisionalmente su padre para citar una Biblia, factor determinante que abrirá nuevas vías en la investigación. En la versión cinematográfica, no ha sido necesario incluir un personaje extra que hiciera este trabajo: es la propia Lisbeth Salander quien le da a Blomkvist la pista correcta. Así parece más coherente.

Otro aspecto que me ha gustado de Millenium es que el director ha evitado hacer una película a la americana, y eso que los libros de Larsson, por elementos que aparecen en ellos como el suspense, la lucha entre buenos y malos, el maltrato a las mujeres, etc., se prestan a ello. Su director, Niels Arden Oplev, ha realizado un thriller con actores poco conocidos para el espectador común, como Noomi Rapace (Lisbeth Salander), Michael Nyqvist (Mikel Blomkvist), Lena Endre (Erika Berger) o Sven-Bertil Taube (Henrik Vanger).

Entonces, ¿ha defraudado la película a los seguidores del libro? Me temo que a muchos de ellos, sí. La película, al contrario que el libro, no invita a expresiones del tipo “No podía dejarlo de leer” o “Desde la primera línea me enganché”, con las que los habituales lectores de best-sellers defienden este tipo de lecturas.

No, la película no genera adhesiones importantes. Millenium, al contrario que la publicación, no está hecha para arrasar. Pero si somos generosos y la vemos sin pensar en el éxito en que está basada, es posible que aceptemos que Oplev ha hecho un buen trabajo.

Clara de Melo Ponce.

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Cómo era Stieg Larsson

Sin campañas de publicidad ni giras de su autor, la trilogía Millenium ha vendido tres millones de ejemplares sólo en Suecia.

Su autor, Stieg Larsson, escribía por la noche, cuando llegaba a casa. Primero se atiborraba a cafés, luego a tabaco y finalmente a comida basura para conseguir el compromiso que se había propuesto a sí mismo: terminar con su saga.

Nació en un pequeño pueblo de Suecia, en la provincia de Västerbottens. Cuando tenía 18 años conoció allí a Eva Gabrielsson, quien iba a ser su compañera para el resto de su vida. Cuando a principios de los 80 se mudaron a Estocolmo, Stieg encontró trabajo en la agencia de noticias más importante de Suecia, la Tidningarnas Telegrambyra. Al mismo tiempo, dirigía la Asociación Escandinava de Ciencia Ficción, y sacaba tiempo para la que sería su mayor pasión: actuar contra las organizaciones fascistas y de extrema derecha.

Además de la lucha contra el fascismo, Stieg estaba especialmente sensibilizado con el tema de la violencia de género. Eva Gabrielsson contaba el por qué en una entrevista: “Cuando era joven, en una fiesta con compañeros, presenció una violación, y se culpaba de no haberla podido evitar. Tenía esa espina clavada, y dedicó mucho tiempo a consolar y ayudar a las víctimas”.

Pero además de todo esto, Larsson tenía un hobby al que le dedicaba un poco de tiempo cada noche: la trilogía Millenium. En ella volcó todo lo que le obsesionaba desde su juventud: la violencia contra las mujeres, las conexiones de la ultraderecha con el poder político sueco, su desprecio por el periodismo económico, entre otras cosas.

Stieg Larsson nos dejó justo cuando acababa de entregar el tercer tomo de su obra a su editor y estaba a punto de publicarse el primero. Seguramente el infarto que acabó con su vida estuvo relacionado con el trabajo incesante que realizaba de 14 a 16 horas diarias, además de las toneladas de café y tabaco que ingirió en los últimos años de su vida.

Ahora, cuando ya conocemos y apreciamos la vida de Larsson, ponemos Millenium en su justa perspectiva y la valoramos de una forma diferente.

Clara de Melo Ponce.

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3 preguntas clave sobre Millenium

Stieg Larsson constata la incapacidad del Estado para detener al mal, ya sea el mal del crimen, el de la corrupción o incluso el mal que el propio estado puede generar (servicios médico-psiquiátricos, los policiales, los de información-espionaje). Para ello dota al personaje de Lisbeth Salander de una moral propia y justiciera que, al margen de la ley, consigue vencer a algunos de estos males de la sociedad. Es muy probable que Larson tenga razón en esto mismo, y quizá el Caso Alakrana y el ya histórico caso de los Fondos Reservados del PSOE de Felipe González lo demuestren de alguna manera.

         Es necesario un avance del poder del estado sobre el derecho a la intimidad personal precisamente para proteger a los ciudadanos de estos males morales y fácticos. Según el escrito, esto es lo que propone Larsson. Ahora bien, ¿qué defensa tendrá el ciudadano del avance tecnológico del espionaje de su intimidad? En principio, y teniendo en cuenta la leyes existentes, internet está poco regulada. La web ha avanzada muchísimo más rápidamente que las reglas del derecho y la sociedad está sobrepasada de información y, se cree, poco controlada. Por otro lado, en pro de la seguridad de los ciudadanos, se instalan cámaras en algunas calles, se les registra en los aeropuertos, se prohíbe la circulación de determinados objetos y se intervienen teléfonos privados. De hecho, muchas de las intervenciones no son conocidas por los propios espiados.

         En estos momentos no existe ningún organismo, más allá del judicial, que pueda determinar lo que se consideran pruebas de seguridad y lo que acaba invadiendo la privacidad del ciudadano. Sin embargo, es posible que Larsson denunciara esta situación para pedir precisamente una urgente reglamentación de la obtención de información por parte del estado. Es probable que no exista un gran organismo de “control del controlador” ahora, pero existen pequeñas rendijas por donde denunciar los posibles abusos. Los medios de comunicación –algunos de ellos-, los jueces que están al margen de los favoritismos –alguno habrá-, asociaciones como Amnistía Internacional y futuros organismos que surgirán, por ejemplo en la UE, se habrán planteado eso mismo.

         Larsson propone una nueva política por supuesto, más honesta, nada corrupta, más cercana a la sociedad, más controlada, menos sobrevalorada por los medios, más criticada por estos y menos burocrática. El autor de Millenium también propone una nueva moral, como la de dos de sus protagonistas –el periodista Blomkist y la editora del semanario, capaces de denunciar los abusos de poder, las corrupciones económicas y la moral de los políticos.

Y también pide una nueva moral que otorge a la mujer el papel que le corresponde en la sociedad, que la respete y la valore al igual que al hombre. Muchas de las mujeres que aparecen en la trilogía son, como Vargas Llosa ha calificado “personajes femeninos notables”, visibles, no como los que muchas veces no aparecen en los medios de comunicación, porque están ensombrecidos por los hombres del poder. El autor muestra una nueva moral más humana, como la relación -no burocrática ni superficial- entre el primer tutor de Lisbeth Salander y ésta.

         Igualmente propone una nueva policía, al menos lo deja entrever cuando muestra a la actual como incompetente en algunos momentos. Y finalmente propone un nuevo periodismo, evidentemente, cuando denuncia el seguidismo de los periodistas especializados en economía de los empresarios y economistas. Otro ejemplo de esto mismo lo tenemos en la misma actitud de Blomkvist y la editora de Millenium, o en la revista en sí, que como Vargas Llosa apunta es ese espacio cálido y limpio, de gentes que escriben por convicción y por principio, que no temen enfrentar enemigos poderosísimos y jugarse la vida si es preciso, que preparan cada número con talento y con amor y el sentimiento de estar suministrando a sus lectores no sólo una información fidedigna, también y sobre todo la esperanza de que, por más que muchas cosas anden mal, hay alguna que anda bien, pues existe un órgano de expresión que no se deja comprar ni intimidar, y trata, en todo lo que publica e investiga, de deslindar la verdad entre las sombras y veladuras que la ocultan”. Esto último, la propuesta de un nuevo periodismo, puede dividirse en dos vertientes: por un lado, la propia independencia de los periodistas, que igual o más corruptos pueden llegar a ser que los políticos y jueces; y, por otro lado, la independencia del propio medio de comunicación. Hoy en día muchos de estos medios están controlados por grandes corporaciones y estructuras económicas que interviene en otros muchos ámbitos, como la industria armamentística, los grandes bancos, las industrias culturales o incluso las esferas políticas y las élites sociales. Es probable que Larsson tratara de denunciar el periodismo de hoy en día, que está tan controlado y, a la vez, es tan poco transparente respecto a los intereses que tiene detrás. Cristina González Pilar

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Sobre descortesías varias

-Escuche señor, no hay mucho dinero en la caja, pero lléveselo todo. 
-No me interesa en absoluto su dinero, al menos desde su punto de vista.
Podría usted haber vivido otros veinte o treinta años más, si se hubiera 
tomado la molestia de ser cortés. 
El hombre no comprendió. 
-Voy a matarle –añadió- por culpa del sello de cuatro centavos y el dulce. 
JACK RITCHIE. For all the rude people

 

En el cuento al que hace referencia la cita, un enfermo terminal que nunca había hecho nada por el progreso humano decide acabar con ello. Compra una pistola de calibre 32 y munición. 

Deambula por su ciudad y no tarda en encontrar situaciones en que algunos individuos se comportan de forma descortés con sus semejantes. Son hombres mezquinos y todo hace pensar que siempre lo han sido. El protagonista de la narración opta por liquidarlos asépticamente. 

Días más tardes vuelve a visitar a su médico. El doctor comenta que la oleada de asesinatos ha generado una corriente de cortesía en la ciudad. Cuenta que hay gente conforme con los asesinatos hasta el punto de estar dispuesta a dar listas al asesino de personas que merecen morir. Al salir de la consulta nuestro protagonista escucha un disparo. Se alegra de saber que alguien ha decidido imitarle.

Pensemos en la posibilidad de que así funcionara el mundo. El ideal del protagonista del relato es que todos, quizás, o una mayoría fueran como él. Jueces. Entes con capacidad para decidir quién merece morir y quién vivir. Quién ha obrado mal y quien bien. De entrada puede parecernos una aberración, una inmoralidad. Pero ¿no es así, precisamente, como actúa el estado democrático?. Previene, juzga, castiga. Las situaciones son variadísimas, las causas muchas veces nobles. Pero se asume un riesgo, siempre, el de equivocarse. El margen de error es el pequeño sacrificio individual que al parecer asumimos frente a un bien superior y común a todos los que integramos la sociedad. La democracia seria perfecta si nadie olvidara que su calidad también depende de él. Desde el momento en que eso el Estado tiene que asumir la engorrosa tarea de mostrar su cara de Leviatán, de castigar al pecador. 

El problema es olvidar el sentido del castigo. Hacerlo de forma automática y sin reflexión. Verlo únicamente como un ojo por ojo y justificarlo rápidamente mostrando la placa o el uniforme. Entonces ocurre el desastre: el sistema se colapsa, error 404. Algo va mal. El gigante muestra sus pies de barro y el absurdo genera posmodernidad ilusionada con su desilusión. 

Sí, alguien dice Guantánamo y se nos eriza la piel. Pero olvidamos todos que -como nuestra cuna- esa tumba de la razón no se construyó en un día, que todos hemos asesinado alguna vez a alguien que en su día no nos pareció cortés.

Por Diana Mizrahi

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Millenium, demasiado best-seller

El Observatorio contra la Violencia doméstica y de género ha concedido, al escritor sueco Stieg Larsson, fallecido en el 2004 y autor de la exitosa trilogía Millenium, el V Premio de Reconocimiento a la labor más destacada en la erradicación de la violencia de género, correspondiente a la edición del año 2009.

El Observatorio considera que el escritor sueco se merece este premio “por su aportación, a través de la literatura, en la visibilización y denuncia de la violencia contra las mujeres que se sigue perpetuando en las sociedades actuales, también en las más avanzadas”. Además, considera que se merece el galardón por “poner de manifiesto que no sólo es deseable sino posible la construcción de una sociedad libre de violencia de género por todos sus integrantes, mujeres y hombres”.

Este Premio me hace pensar que la concepción del Observatorio y la mía es totalmente distinta en cuanto al mensaje que han entendido ellos respecto a mí con la trilogía.

Larsson crea una historia en la que se muestra el maltrato que un ex-espía soviético acostumbrado al sadismo ejerce contra una mujer (la protagonista, Lisbeth Salander) con la permisividad de ciertas autoridades secretas. El infierno que sufre la chica en un psiquiátrico no es normal. Incluso el abuso sadomasoquista que recibe más tarde tampoco tiene que ver con el mundo en general. Desde mi punto de vista, Lisbeth Salander puede ser cualquier cosa menos alguien interesado en la violencia de género. En su cabeza sólo hay sitio para una cosa: la venganza. Y cuanto más dolorosa sea, mejor.

En cuanto al resto de mujeres que aparecen en la obra, la mayoría son fuertes y capaces y, si hacemos una media global, incumplen su buena dosis de violencia. La trilogía Millenium no es una defensa contra ninguna violencia. En todo caso es una denuncia tomada como excusa para mostrarnos un mundo más violento del que ya conocemos, ya que la única solución presentada como viable es la agresión planificada.

Tomar obras de novela negra, siempre en extremos sociales para mostrar conductas ejemplares no creo que sea una buena idea. Aunque quizás la visibilidad que van a conseguir en los medios ligando el premio al mejor best-seller del año valga la pena.

Clara de Melo Ponce.

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Métodos de ejecución de la Pena de Muerte

“De la horca a la silla eléctrica y de ahí a la inyección letal: ¿Cuánto más van a disfrazarlo? Y cuanto más lo disfrazan más feo es”.

Cita de Scott Blystone, condenado a muerte y recluido en Pensilvania en 1997.

 

En los Estados Unidos, los presos sometidos a un juicio atraviesan un largo proceso desde su detención hasta que reciben la sentencia. En el caso de ser condenados a la Pena de Muerte, las opciones de morir son varias.

Inyección letal: es el método de ejecución más utilizado en los EE.UU en la actualidad. Consiste en atar al condenado a una camilla e inyectarle tres drogas (actualmente, en Ohio, se ha descubierto que se puede realizar mediante una sola droga) por vía intravenosa. Se desnuda al preso, se le ata por las muñecas, pecho y tobillos en una sala; se le coloca un estetoscopio y unos electrodos para controlar su corazón; y se le introducen dos vías, una en cada brazo. Finalmente, se le cubre con una sábana.

Una vez llegado el momento, se introducen tres elementos químicos: el sodio de Thiopental, para llevarle a la inconsciencia; el bromuro de Pancuronium, para detener la respiración; y el cloruro de potasio, que detiene el corazón.

Aunque se suele afirmar que el proceso es prácticamente indoloro, algunos casos demuestran que puede ser penoso para el condenado.

Electrocución: se ata al preso en una silla, se le colocan electrodos de cobre húmedos en la cabeza y en las piernas. Los órganos internos del cuerpo se queman. Habitualmente, el prisionero salta hacia delante intentando liberarse de sus ataduras cuando recibe las primeras descargas. El cuerpo cambia de color, la carne se hincha e incluso a veces llega a arder. El preso puede llegar a defecar, orinar y vomitar sangre. La muerte se produce por parada cardiaca y respiratoria.

Ejecución por gas: el preso es atado en el interior de una cámara de acero herméticamente sellada. Tras la señal, se abre una válvula que libera ácido clorhídrico. Una segunda señal indica la introducción de tabletas de cianuro de potasio en el ácido, produciendo gas de hidrocianuro que impide que la sangre transporte oxígeno. El sujeto se queda inconsciente a los pocos segundos si respira profundamente. Tarda algo más si contiene la respiración. Por regla general, la muerte le sobreviene a los seis u ocho minutos. Tras confirmarse la defunción, la cámara es evacuada a través de filtros neutralizadores.

Ahorcamiento: El prisionero es pesado antes de la ejecución. Unas tablas elaboradas en Inglaterra durante el siglo XIX determinan la relación entre el peso y la forma de ahorcamiento, lo cual prácticamente asegura la muerte instantánea y el mínimo dolor. Si se hace correctamente, la muerte sobreviene tras la dislocación de la tercera o cuarta vértebra cervical.

Pelotón de fusilamiento: Un pelotón de cinco hombres se coloca frente al preso. Uno de ellos dispara con una bala de fogueo. Por este motivo, no se puede determinar quiénes han sido realmente los ejecutores de la pena. Así se evita el sentimiento de culpabilidad.

Clara de Melo Ponce.

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