3 preguntas clave sobre Millenium

Stieg Larsson constata la incapacidad del Estado para detener al mal, ya sea el mal del crimen, el de la corrupción o incluso el mal que el propio estado puede generar (servicios médico-psiquiátricos, los policiales, los de información-espionaje). Para ello dota al personaje de Lisbeth Salander de una moral propia y justiciera que, al margen de la ley, consigue vencer a algunos de estos males de la sociedad. Es muy probable que Larson tenga razón en esto mismo, y quizá el Caso Alakrana y el ya histórico caso de los Fondos Reservados del PSOE de Felipe González lo demuestren de alguna manera.

         Es necesario un avance del poder del estado sobre el derecho a la intimidad personal precisamente para proteger a los ciudadanos de estos males morales y fácticos. Según el escrito, esto es lo que propone Larsson. Ahora bien, ¿qué defensa tendrá el ciudadano del avance tecnológico del espionaje de su intimidad? En principio, y teniendo en cuenta la leyes existentes, internet está poco regulada. La web ha avanzada muchísimo más rápidamente que las reglas del derecho y la sociedad está sobrepasada de información y, se cree, poco controlada. Por otro lado, en pro de la seguridad de los ciudadanos, se instalan cámaras en algunas calles, se les registra en los aeropuertos, se prohíbe la circulación de determinados objetos y se intervienen teléfonos privados. De hecho, muchas de las intervenciones no son conocidas por los propios espiados.

         En estos momentos no existe ningún organismo, más allá del judicial, que pueda determinar lo que se consideran pruebas de seguridad y lo que acaba invadiendo la privacidad del ciudadano. Sin embargo, es posible que Larsson denunciara esta situación para pedir precisamente una urgente reglamentación de la obtención de información por parte del estado. Es probable que no exista un gran organismo de “control del controlador” ahora, pero existen pequeñas rendijas por donde denunciar los posibles abusos. Los medios de comunicación –algunos de ellos-, los jueces que están al margen de los favoritismos –alguno habrá-, asociaciones como Amnistía Internacional y futuros organismos que surgirán, por ejemplo en la UE, se habrán planteado eso mismo.

         Larsson propone una nueva política por supuesto, más honesta, nada corrupta, más cercana a la sociedad, más controlada, menos sobrevalorada por los medios, más criticada por estos y menos burocrática. El autor de Millenium también propone una nueva moral, como la de dos de sus protagonistas –el periodista Blomkist y la editora del semanario, capaces de denunciar los abusos de poder, las corrupciones económicas y la moral de los políticos.

Y también pide una nueva moral que otorge a la mujer el papel que le corresponde en la sociedad, que la respete y la valore al igual que al hombre. Muchas de las mujeres que aparecen en la trilogía son, como Vargas Llosa ha calificado “personajes femeninos notables”, visibles, no como los que muchas veces no aparecen en los medios de comunicación, porque están ensombrecidos por los hombres del poder. El autor muestra una nueva moral más humana, como la relación -no burocrática ni superficial- entre el primer tutor de Lisbeth Salander y ésta.

         Igualmente propone una nueva policía, al menos lo deja entrever cuando muestra a la actual como incompetente en algunos momentos. Y finalmente propone un nuevo periodismo, evidentemente, cuando denuncia el seguidismo de los periodistas especializados en economía de los empresarios y economistas. Otro ejemplo de esto mismo lo tenemos en la misma actitud de Blomkvist y la editora de Millenium, o en la revista en sí, que como Vargas Llosa apunta es ese espacio cálido y limpio, de gentes que escriben por convicción y por principio, que no temen enfrentar enemigos poderosísimos y jugarse la vida si es preciso, que preparan cada número con talento y con amor y el sentimiento de estar suministrando a sus lectores no sólo una información fidedigna, también y sobre todo la esperanza de que, por más que muchas cosas anden mal, hay alguna que anda bien, pues existe un órgano de expresión que no se deja comprar ni intimidar, y trata, en todo lo que publica e investiga, de deslindar la verdad entre las sombras y veladuras que la ocultan”. Esto último, la propuesta de un nuevo periodismo, puede dividirse en dos vertientes: por un lado, la propia independencia de los periodistas, que igual o más corruptos pueden llegar a ser que los políticos y jueces; y, por otro lado, la independencia del propio medio de comunicación. Hoy en día muchos de estos medios están controlados por grandes corporaciones y estructuras económicas que interviene en otros muchos ámbitos, como la industria armamentística, los grandes bancos, las industrias culturales o incluso las esferas políticas y las élites sociales. Es probable que Larsson tratara de denunciar el periodismo de hoy en día, que está tan controlado y, a la vez, es tan poco transparente respecto a los intereses que tiene detrás. Cristina González Pilar

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