Archivo de la categoría: Diana Mizrahi

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Algo pasa en las aulas…

Al entrar a clase el primer día -confieso haber llegado algunos minutos tarde- creí haberme confundido de aula. En la pantalla se estaba proyectando un video de youtube acerca de la familia Manson. Volví a comprobar la clase en el horario, me fijé en que el profesor era un viejo conocido, el doctor José María Perceval y entonces deduje que siendo así bien podría no estar yo confundida. Efectivamente, al encender las luces, para mi tranquilidad se confirmó en la pizarra “Seminario sobre cuestiones de actualidad”. Respiré tranquila. Pero abajo algo alteró mi calma “Tema: Millenium”. 

 

En un primer momento me pareció algo pretencioso basar un seminario de tres meses en cuestiones acerca del conocido best seller. Pero, claro, no me lo había leído. Desconocía la trama, los diferentes temas y su vigencia y actualidad y lo poco arquetípico de sus personajes. Poco a poco, con el transcurso de las sesiones no pude más que dar mi brazo testarudo a torcer y admitir que sí, el tema daba de sí. Cada sesión se centraba en un aspecto de la novela que el profesor sacaba a relucir relacionándolo con otros similares que actúan en la sociedad real o con manifestaciones culturales que lo representan. Me he acostumbrado a salir de las clases abrumada por la cantidad de referencias, que luego me veo con la necesidad de asimilar por partes y conservar para el futuro (nunca se sabe cuando necesitaré hacer uso de ellas). Siempre, como es costumbre en JM. Perceval, sugiriendo más que mostrando, para sembrar en nuestro intelecto una curiosidad, unas inquietudes que nos llevaran a un trabajo posterior de reflexión personal. Es posible que su intención sea la de formar periodistas con capacidad crítica y pensamiento propio. En todo caso, espero que así sea. 

 

 Lo fundamental de la asignatura es que nos permite escribir y desarrollar un estilo, algo que se hecha de menos y debería estimularse más en la carrera. 

 

Diana Mizrahi

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Lisbeth, Lisbeth… muñeca rota

Tras una dura infancia y una adolescencia transcurrida entre las paredes de reformatorios y consultas psiquiátricas de manera injusta, podían aparecer dos tipos de personalidades opuestos: la de la víctima, rezagada para siempre a interpretar este papel o la de mujer que resurge con conocimientos de sobra acerca de la dureza de la vida y que aprende a defenerse. Lisbeth Salander, la oscura protagonista de Millenium encarna este segundo perfil psicológico. Una chica de X años que se ha visto capaz de sacar fuerzas de la flaqueza. Su aspecto es andrógino y frágil. Pero no te debe engañar, estás delante de una fiera indomable, aunque no por ello salvaje. Su agresividad despierta sólo si algo perturba su mansa paz. Si se comete un acto que juzga ilegítimo, ya que tiene un sentido de la justicia muy personal y elevado. Entonces se vuelve vengativa y cruel y dispone su elevada inteligencia a este servicio. Es capaz de hacer cosas que siempre han quedado reservados a los héroes masculinos: desde hackear tu ordenador o desatar sobre tí una venganza física difícil de recuperar. Todo ello acaba configurando un rasgo que la hace increíblemente atractiva para -según mi juicio- la mayoría de mujeres que se dejan atrapar por la trilogía de Millenium: su independencia y libertad. 

 

Pero todos estos rasgos tienen su lado amargo. Esta autosuficiencia la ha tenido que forjar para asegurar su supervivencia en el ambiente hostil en el que ha tenido la mala fortuna de crecer y ha implicado una incapacidad gélida para relacionarse con sus semejantes, para expresar lo que siente y comprometerse por amor.

 

Es un personaje lleno de fuerza y pasiones contenidas a punto de estallar, por otro lado, siempre. Aunque sólo sea en la fiereza que esconden sus silencios. Es la heroína del siglo XXI, en controversia consigo misma y en guerra contra la sociedad injusta que la rodea. 

 

En el fondo, es como un lobezno asustado al que todos querríamos dar protección. Para verle crecer en todo su esplendor.

 

Diana Mizrahi

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¿Sin violencia no hay fútbol?

Hay gente que no lo entiende, que la mira raro, pero ella dos veces por semana madruga considerablemente con el fin de ir al gimnasio a practicar su deporte favorito: la natación. Aquellos que compartan gustos, entenderán. Cuando una servidora piensa en deporte o ejercicio físico le viene a la mente la sensación placentera de la toma de consciencia del propio cuerpo, la grata euforia que produce el hecho de realizar una actividad en grupo en pos de un objetivo común y la inexplicable paz que resta en el deportista después de tal tarea. Serotonina, señoras y señores, la misma substancia que segrega el cuerpo humano al hacer el amor. 

 

Es por ello que cuando en el seminario se me propone escribir un post sobre violencia y deporte mi cerebro tarda en reaccionar. Es al hablar con amigos -más sedentarios pero seguidores de otro tipo de deporte: el de bufanda del barça y noche de sábado con cervecitas en el bar- que empieza a entender. Al parecer nos estamos refiriendo al deporte de afición y, de todos ellos, al que mueve masas, pasión de multitudes, el que reina en este continente: el fútbol, en él se hace más evidente esta relación. 

 

Su éxito radica en una fórmula fácil, archiconocida ya desde los tiempos del teatro clásico: la catarsis o liberación de las pasiones. El público acude a las gradas con el fin de ver representada la comedia humana, la tragedia que también encuentran en sus vidas. La comparten con sus semejantes, que se agrupan bajo una misma bandera. Al contemplar el espectáculo se produce un efecto de purga interna: no están solos, sus problemas, odios, frustraciones y alegrías son comunes al resto. Este tipo de actos son necesarios para la salud de una comunidad, descargar la ira en las gradas evita que se descargue en otros espacios. El problema surge en el deporte al tratarse de competición, porque esta identificación no se realiza en global. Se crean contrincantes, los otros, el enemigo a quien echar las culpas y castigar. Porque asumirlas para adentro, de forma cristiana quizás duele demasiado, hiere el orgullo. Y a veces la necesidad de descarga de un sector de la sociedad es tal que se pierde la consciencia de que todo era un juego. Al ver a sus semenjantes predispuestos el efecto es de contagio, ya se sabe, la ira sólo genera más ira. Se trasladan los conflictos sociales al terreno de juego y se confunde la contienda con fines deportivos con otras reales que nunca van a solucionarse en el campo.

 

En internet pueden encontrarse datos, en la prensa diaria ejemplos acerca del tema. Los leeríamos y nos escandalizaríamos, a pesar de que ya nos son familiares, casi cotidianos. Se han creado comisiones, reglamentos y las organizaciones deportivas se han esforzado por promover actitudes pacíficas y castigar este tipo de violencia. Aún así desde los espacios y publicaciones deportivas se alimenta la ribalidad, la competencia. Está claro que el conflicto vende. Y si no ocurre en la cancha, se da en el bar o en la Cibeles de turno… como indiviudos todos deberíamos hacer una reflexión y recuperar la sensación serotonínica. ¿Supondría la muerte del deporte como espectáculo?

 

Diana Mizrahi

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La violencia de género en el siglo XXI

La violencia ejercida por el hombre hacia la mujer pesa sobre la consciencia del tiempo desde, podría decirse, “siempre”. En el último siglo el desarrollo del pensamiento y de los derechos humanos ha tenido presente, por fortuna, el aspecto del género. Así, la sociedad occidental -hasta el momento integrada sólo por hombres- ha adquirido, al menos formalmente, consciencia de la existencia de “la alteridad femenina”, asumiéndola como compañera que, aunque distinta en muchos aspectos, merece tener las mismas oportunidades y ser tratada con el mismo respeto con el que se trata al hombre.

Esto ha cambiado considerablemente las perspectivas vitales de las mujeres que integramos estas sociedades. Ahora, no sólo podemos votar, estudiar, trabajar y decidir libremente sobre todos los aspectos de nuestra vida, sino que además tenemos la potestad de denunciar cualquier violación de estos recién estrenados derechos y libertades. Para ello, sin ir más lejos, en las dos legislaturas que lleva, el gobierno de Zapatero ha creado varias herramientas que tratan de garantizar con mayor efectividad la protección de la mujer, como son la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género o el 016, la linea telefónica de asistencia gratuita contra este tipo de violencia. 

El gran avance de este tipo de medidas ha permitido la contabilización y toma de consciencia por parte de la sociedad de esta situación como problema a solucionar. Pero, pese a la buena voluntad de estos mecanismos que papá estado ha puesto al alcance de la mujer siguen existiendo casos de maltrato. 

 

Lo incierto de este tipo de datos -cuántas serán las ocasiones en que la víctima no denuncia por temor a represalias- ha dificultado la tarea de realizar una apreciación exacta que evidencie la tendencia de nuestras sociedades. Las herramientas creadas permiten la cristalización de muchos casos, por lo que puede tenerse la sensación de que va en aumento. Pero si se echa un vistazo a las cifras recogidas por el gobierno  en los últimos años el número de homicidios ha ido en descenso. Y este dato no puede obviarse.

Queda mucho camino por recorrer, es obvio, y resta en el aire la tarea más importante y compleja: erradicar los restos de machismo de cada una de las consciencias de los ciudadanos que habitan estas, nuestras, sociedades. 

 

 

Diana Mizrahi

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Sobre descortesías varias

-Escuche señor, no hay mucho dinero en la caja, pero lléveselo todo. 
-No me interesa en absoluto su dinero, al menos desde su punto de vista.
Podría usted haber vivido otros veinte o treinta años más, si se hubiera 
tomado la molestia de ser cortés. 
El hombre no comprendió. 
-Voy a matarle –añadió- por culpa del sello de cuatro centavos y el dulce. 
JACK RITCHIE. For all the rude people

 

En el cuento al que hace referencia la cita, un enfermo terminal que nunca había hecho nada por el progreso humano decide acabar con ello. Compra una pistola de calibre 32 y munición. 

Deambula por su ciudad y no tarda en encontrar situaciones en que algunos individuos se comportan de forma descortés con sus semejantes. Son hombres mezquinos y todo hace pensar que siempre lo han sido. El protagonista de la narración opta por liquidarlos asépticamente. 

Días más tardes vuelve a visitar a su médico. El doctor comenta que la oleada de asesinatos ha generado una corriente de cortesía en la ciudad. Cuenta que hay gente conforme con los asesinatos hasta el punto de estar dispuesta a dar listas al asesino de personas que merecen morir. Al salir de la consulta nuestro protagonista escucha un disparo. Se alegra de saber que alguien ha decidido imitarle.

Pensemos en la posibilidad de que así funcionara el mundo. El ideal del protagonista del relato es que todos, quizás, o una mayoría fueran como él. Jueces. Entes con capacidad para decidir quién merece morir y quién vivir. Quién ha obrado mal y quien bien. De entrada puede parecernos una aberración, una inmoralidad. Pero ¿no es así, precisamente, como actúa el estado democrático?. Previene, juzga, castiga. Las situaciones son variadísimas, las causas muchas veces nobles. Pero se asume un riesgo, siempre, el de equivocarse. El margen de error es el pequeño sacrificio individual que al parecer asumimos frente a un bien superior y común a todos los que integramos la sociedad. La democracia seria perfecta si nadie olvidara que su calidad también depende de él. Desde el momento en que eso el Estado tiene que asumir la engorrosa tarea de mostrar su cara de Leviatán, de castigar al pecador. 

El problema es olvidar el sentido del castigo. Hacerlo de forma automática y sin reflexión. Verlo únicamente como un ojo por ojo y justificarlo rápidamente mostrando la placa o el uniforme. Entonces ocurre el desastre: el sistema se colapsa, error 404. Algo va mal. El gigante muestra sus pies de barro y el absurdo genera posmodernidad ilusionada con su desilusión. 

Sí, alguien dice Guantánamo y se nos eriza la piel. Pero olvidamos todos que -como nuestra cuna- esa tumba de la razón no se construyó en un día, que todos hemos asesinado alguna vez a alguien que en su día no nos pareció cortés.

Por Diana Mizrahi

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