Perfil de Lisbeth Salander. Millenium, Stieg Larsson. Cristina González

 

lisbeth-salanderDejando al margen la parte más violenta de Lisbeth Salander, que trataré más adelante, el personaje inventado por Stieg Larsson es, a mi parecer, original, meditado, provocador, alternativo y, sobre todo, realmente brillante. La idea del carácter de Lisbeth Salander es genuina, rompe esquemas y muestra cómo el cuestionamiento de ideas preconcebidas y arraigadas en nuestra sociedad occidental es más que necesario. Es urgente que se cuestione el sistema, es inteligente dudar del Estado, se debe enjuiciar el sistema y ser duro con él. Es preciso analizar las vías alternativas a las normas comúnmente aceptadas por las sociedades democráticas, así como los mecanismos de perversión de ese sistema que en algunas sociedades, como la sueca, parece ser y funcionar con un engranaje perfecto.

         Lisbeth Salander no responde a las normas sociales de educación, no es hipócrita ni lo más mínimo, no cree en el sistema ni confía en él como medio para resolver sus problemas –quizá porque le ha defraudado en muchos momentos-, no disculpa los comportamientos de personas que cometan violencia gratuita, no acepta normas que no sean útiles ni tengan en cuenta las excepciones. Pero sí tiene las suyas, y en ocasiones son más justas y moralmente muy aceptables. Un ejemplo: no acepta acostarse con hombres casados.

Salander es inteligente, deductiva, observadora, excepcional en muchos sentidos, está segura de sí en varios ámbitos –los emocionales van a parte- y rehace normas que, aún y estar generalizadas, no cubren ni protegen a todos los casos ni personas. Sobre todo, lo que más me admira de ella es que no necesita fingir nada, ni interpretar ningún papel en su vida personal. Y esto último, por el simple hecho de que no suele ser habitual, ya merece una buena crítica para Larsson. También es valiente, no tiene casi miedo y, como suele decirse, se ha hecho a sí misma. Esto último quizá con matices, porque es probable que en realidad no le quede más remedio que ser como es, con las cosas que ha vivido.

         Otro aspecto a destacar de Lisbeth es cómo dispone su tiempo. Ella lo controla. Ella decide cuánto dedica a sus trabajos y cuándo los realiza –al menos en la primera parte. Si resuelve quedarse leyendo toda la noche unos informes lo lleva a cabo sin más, sin pensar en el día siguiente. Ese particular control del tiempo es sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta como las sociedades de hoy en día, las nuestras, ejercen ese tipo de vigilancia sobre nosotros a través de los horarios, la prisa, el estrés. Poder leer que alguien se salta todo eso es mucho más que gratificante y resulta, incluso, esperanzador.

         Por el contrario, Salander puede llegar a ser muy cruel si se lo propone (como ejemplo tenemos la “venganza” que ejerce contra su segundo tutor legal, cómo golpea a aquel transeúnte que en el metro la manosea, o los puñetazos –creo recordar- que dedica a unos chicos del colegio que se metían con ella). El sistema no nos garantiza protección al 100%, sobre todo a las mujeres, nosotras no podemos caminar de noche sin miedo porque no sabemos quién decidirá abusar de nosotras. Y sí, parece exagerado, y de hecho no siempre lo pensamos pero esa sensación está ahí, muchas mujeres la tenemos. Sólo por eso mismo ya estamos en desventaja respecto a los hombres -al menos los que aún no tienen hijas- y si el estado no puede protegernos siempre, ¿por qué no hacerlo nosotras mismas? No creo que jamás llegara a atreverme a hacer a alguien lo que Lisbeth le hace al segundo tutor; sin embargo, ¿qué otra salida le quedaba a ella? ¿cómo podía, a la vez, librarse de otras violaciones, conseguir su dinero y no ser acusada de discapacitada? Lo pensó –en la primera parte- y temporalmente consiguió salvarse del abogado. No parecía tener ninguna salida. La perspectiva de no poder escapar de alguien que reiteradamente abusa de ti debe ser horrible.  

         También existe la parte emocional del carácter de Salander. No puede mostrar explícitamente cariño, ni gratitud, ni enamoramiento, casi ni compasión. Pero digo casi porque realmente sí concibe todo eso, aunque no sabe expresarlo. Sintió compasión, y cariño, y amor, cuando permaneció tres días en el hospital con su primer tutor, o cuando visitó a su madre en Navidad. También con Bromkvist, aunque se lo demostró bastante mal, sobre todo al final de la primera parte y principio de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. La torpeza en el amor es patria de muchos y muchas, y Lisbeth además tiene inconvenientes por su carácter. En cualquier caso, las carencias emocionales de la chica y su complejidad personal merecen alguien inteligente que la descifre y todo aquél que no lo logre es evidente que la perderá. Aunque ella también debe poner de su parte. Cristina González Pilar

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