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Las clases del profesor Perceval

No deja de ser gracioso que un profesor se queje de que no opinemos sobre él y sus clases en el blog. Al principio, cualquier estudiante al que le planteen hacer ese comentario que, además, va a ser leído por el profesor, pensará: “Pues escribo que es genial, gracioso, que aprendo mucho en sus clases y que es el mejor profesor de la facultad sin duda”. Pero ese no es mi caso, yo voy a dar mi opinión tal y como la pienso.

En primer lugar, quiero haceros saber que es la primera vez que tengo a José María Perceval como profesor en la Facultad, a pesar de que enseña más de una asignatura. Por otra parte, tengo la influencia de mi hermano, que tiene un año más que yo y que también ha cursado Periodismo: él tuvo a José María en primero de carrera y en cuarto, en el último caso en el mismo Seminario de Cuestiones de Actualidad. Pues bien, desde que lo tuvo, no dejaba de decirme: “Papi Perceval es el amo, es un hombre súper sabio, sabe de todo y encima explica con gracia”, de modo que yo, como seguidora de mi hermano en la carrera, siempre tuve curiosidad por saber cómo era ese famoso “Papi”, al que tanto amaba.

No sé si ha sido por cuestiones de destino, pero no llegué a tenerlo nunca hasta que, a falta de dos créditos para completar la licenciatura, mi hermano me recomendó el seminario, junto con el profesor, claro. Y como siempre, yo seguí su consejo.

Así pues, el primer día de clase de esta asignatura fui contenta, sabiendo que iba a tener al supuesto “mejor profesor” de la facultad. Pero me llevé una sorpresa cuando entré en su primera clase: nos puso un vídeo del programa Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro, en el que aparecía sangre, muertes, asesinatos…vamos, todo eso que a mí me repugna. Seguidamente, el profesor describió el tema del seminario: Millenium que, a pesar de ser conocidísima [la trilogía], yo no sabía ni qué era, pero no me gustó su presentación. Con todo ello, empezamos mal la asignatura: con un tema que no es de mi agrado y con un nombre que todo el mundo conoce menos yo.

Por otra parte, faltaban las clases del profesor. Son clases amenas, en las que Perceval desarrolla una especie de monólogo formado por un discurso sobre el tema y decorado con muchos ejemplos y algún que otro comentario gracioso que atrae al alumno. Por lo tanto, el profesor sabe dar un buen discurso que llama la atención del alumno y que, además, le divierte.

El discurso, además, va acompañado de un powerpoint que ayuda al estudiante a seguir el tema. Inicialmente, al no conocer lo que era Millenium, no me enteraba de nada, pero al leer el primer volumen de la trilogía y ver la primera película empecé a encontrarle su sentido al tema y, a pesar de no ser una lectora apasionada de la novela negra, me ha acabado gustando el tema del Seminario.

Como decía mi hermano: “La verdad es que no te ha tocado el mejor tema, pero deja que pase el tiempo y ¡ya verás como te acabará gustando!”. Y así es. Todo empezó bastante mal, pero ha terminado ayudándome a conocer algo tan famoso como Millenium, me ha ayudado a aprender a saber cómo funciona un blog (aunque no os lo creáis yo en mi vida había creado ni comentado un blog) y me ha permitido conocer al “Papi” Perceval, un profesor que podríamos definir como diferente a los demás, sabio, con experiencia (hay que ver cómo desarrolla sus discursos) y que acaba agradando a sus alumnos por esa chispa que le da a la clase, siempre graciosa.

En definitiva, no el mejor profesor de la facultad (a pesar de que para mi hermano sea un Dios), pero sí un gran experto en la docencia y en cualquier tema que se le ocurra plantear a una. Todo un personaje.

Clara de Melo Ponce.

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Los límites de la libertad

Como institución de referencia, la Real Academia Española define perfectamente lo que es la libertad en su primera entrada: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. Fantástico. La propia definición, paradójicamente, nos explica que la misma libertad también tiene límites.

Después de nuestras experiencias personales, hemos podido comprobar que la libertad individual tiene límites. Y éstos empiezan con nuestras propias actuaciones, con lo que decimos, que afecte a otras personas agrediéndolas, privándolas de sus derechos o de sus propias libertades.

Un caso que sucedió no hace demasiado tiempo fue el secuestro de El Jueves, que aunque supuso una publicidad muy valiosa para la publicación, sigue siendo un caso en el que entra el principio de la libertad de expresión y un delito recogido por el Código Penal como es el atentado al honor de una institución en nuestra democracia como la Monarquía.

Un ejemplo como el anterior muestra como todos tenemos unos derechos individuales que están limitados por los colectivos. Es decir, que yo puedo expresar mi opinión sobre un tema concreto, siempre que no agreda ni insulte a nadie. Y así sucede con todos los derechos que, a pesar de estar garantizados, tienen unos límites que garantizan el bienestar colectivo.

Sin embargo, a parte de los límites que los derechos colectivos imponen a los derechos individuales, hay otros elementos que forman parte de cualquier sector de la sociedad que limitan, aún más, la libertad individual.

Los más significativos son la religión, la clase social y el sexo. Somos conscientes de que cada sociedad es distinta, ya que tiene unas costumbres, una religión, unas normas, que marcan las formas de vida de cada lugar. Con ello, en Occidente nos llama la atención, por ejemplo, que las mujeres, por el hecho de serlo, estén tan infravaloradas en sociedades como la musulmana. En algunos casos, y hasta hace muy poco, la mujer sólo servía para garantizar la reproducción de la sociedad. Para nada más.

Éste es un límite que, aunque ellas no sean conscientes de ello (o sí), hace que su vida se base en el cuidado de la casa y de los niños. No sirven para la vida social, sino únicamente para la vida privada.

La clase social es otro elemento que marca diferencias y que define límites. Por ejemplo, una cosa tan sencilla como la de viajar en avión: los que tienen más dinero pueden optar por volar en clase business o en clase turista. O personas que tienen un nivel económico limitado tienen que optar por trasladarse diariamente en transporte público, y no en coche o en moto, por ejemplo. Por lo tanto, el nivel de renta de cada uno, limita sus formas de vida.

Hay más elementos que limitan aún más nuestra libertad, pero los que hemos comentado son los principales. Por lo tanto, aunque parezca una paradoja, somos conscientes de que si queremos una libertad colectiva, debemos limitar la individual.

Clara de Melo Ponce.

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La policía como hacker… ¿Y la sociedad?

Hará ya más de diez años que nuestra sociedad ha introducido en su vocabulario la palabra hacker. Sin embargo, si buscamos una definición general y aceptada del término, no la vamos a encontrar.

En primer lugar, todos estamos de acuerdo con que un hacker es una persona que tiene grandes conocimientos informáticos. En lo que ya difieren las distintas definiciones es en si, esta persona que conoce tan profundamente los ordenadores y su funcionamiento, hace uso de esta sabiduría para acceder a sistemas personales supuestamente protegidos para conseguir según qué informaciones. Por ello, muchas veces, cuando hablamos de hackers, hacemos referencia a aquellas personas que entran en redes privadas para encontrar informaciones personales o íntimas.

Hoy en día, esto es ilegal. Nadie puede atentar contra el derecho de la intimidad o privacidad de las personas. Sin embargo, hay ciertos grupos o instituciones que tienen autorización para realizar este trabajo. Nos referimos a la policía, a cuerpos de investigación concretos, etc., que tienen como única tarea entrar en bases de datos supuestamente privadas.

Este trabajo lo pueden desarrollar bajo un mandato judicial, en el que la justicia les autoriza a atentar contra el derecho de la intimidad de personas concretas con la finalidad de combatir el mal (mafias, maltrato a mujeres o niños, etc.).

Estoy de acuerdo con que la justicia debe tener esta facultad de autorizar a según qué autoridades a vulnerar unos derechos personales para proteger los colectivos. Sin embargo, tal y como pasa en Millenium, hay casos en los que es el propio Estado y, con ello, como principal responsable la Justicia, el que practica acciones que deberían ser investigadas para ser castigadas. Acciones como la de atribuirse grandes cantidades de dinero, comercializar con drogas, maltratar a algunos sectores de la sociedad, entre otras.

En estos casos, como la justicia es la única que tiene el poder de vulnerar los derechos personales para garantizar los colectivos, si esta misma es la que no cumple con las normas del Estado, no habrá nadie que la investigue sin su autorización. Con ello, ¿qué debemos hacer nosotros, como ciudadanos?

Está claro que si nos arriesgamos a vulnerar el derecho de la intimidad de según qué personas y nos pillan con las manos en la masa, los únicos que saldremos perdiendo vamos a ser nosotros: seremos castigados por la justicia. Sin embargo, no nos podemos quedar con los brazos cruzados y permitir que el Estado se ría de nosotros y de nuestros derechos colectivos, supuestamente protegidos por el mismo.

En el caso de Millenium, Lisbeth Salander es la única atrevida que accede en bases de datos totalmente privadas. Podemos comprobar que eso es lo que deberíamos hacer todos si realmente dudamos del Estado, ya que si conseguimos probar que está vulnerando algunas normas (véase el Caso Pretoria, por ejemplo), éste se verá obligado a rectificar y, en teoría, a no repetir acciones como éstas, si es que quiere seguir siendo la máxima autoridad para la sociedad.

Clara de Melo Ponce.

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El control del estado autoritario

Hablando el otro día del control que ejerce el estado hacia los ciudadanos (en teoría para garantizar su seguridad) y hacia las minorías étnicas en algunos casos, me vino a la cabeza lo que sucedió en la Alemania de los años 30 con Hitler en la cabeza y los judíos como principales víctimas.

Como todos sabemos, el estado autoritario se caracteriza, básicamente, porque ejerce un gran control hacia los ciudadanos. Lo realiza mediante la violencia, que va dirigida a un sector de la sociedad con el que el gobierno no comparte su ideología o al que, simplemente, odia por capricho.

En el caso de la Alemania de los años 30, una vez Hitler es elegido democráticamente por la sociedad (1933), lo primero que hace es rearmar y organizar las fuerzas armadas alemanas y establecer una dictadura totalitaria personal que transformó a la sociedad alemana y eliminó su sistema democrático.

Su régimen se caracterizó por la diferenciación racial, la supremacía aria y la persecución étnica y política. Y desde 1939, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, este modelo se extendió por el resto de Europa (incluida España).

Hitler perseguía una agresiva política exterior expansionista para ampliar el llamado “Espacio vital” alemán al este de Europa y combatir contra el judaísmo, la masonería, el comunismo y los gobiernos estadounidense, inglés y soviético.

Con todo ello, el estado autoritario se caracteriza por un control extremo de cada uno de los miembros de la sociedad para identificar aquellos que no pertenecen a la ideología o raza que el gobierno establece. Esta situación se ha dado en el mundo numerosas veces y en muchos países. Y, de hecho, hoy en día aún existe en algunos de ellos.

Este es el extremo al que debemos evitar llegar. Una vez hemos conseguido formar parte de un estado democrático (más o menos democrático, pero que lo sea), como ciudadanos, tenemos que intentar controlar al gobierno y recordarle, de vez en cuando, que estamos ahí mirando lo que hace. Por ello son tan importantes los grupos de presión, tales como asociaciones, sindicatos, empresas, etc., que deben existir para controlar al estado.

Por lo tanto, aunque la actitud general del ciudadano se caracteriza por el pasotismo y el “ya lo hará otro”, debemos ser conscientes de que si nuestra calidad de vida no es buena, aún podemos hacer algo al respecto.

Clara de Melo Ponce.

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La información es poder

El título que encabeza este escrito ya lo habrán oído o leído varias veces. Es una frase tópica pero realista. Todos sabemos que hoy en día quien tiene más y mejor información tiene más probabilidades de sobrevivir, sea en una familia, una empresa o en un país.

Desde siempre, tener la información justa en el momento oportuno ha significado tener poder, de modo que intercambiar estos datos puede y suele suponer un beneficio económico para el que posee la información. Sin embargo, con la aparición de internet ha disminuido drásticamente el tiempo que transcurre entre la necesidad de obtener información y el hecho de conseguirla.

Este hecho nos lleva a recordar que a lo largo de nuestra historia, y con la evolución de los medios de comunicación, inicialmente sólo unos pocos eran los dueños de la información (los que sabían leer y escribir: sectores relacionados con la Iglesia o con las clases altas); mientras que poco a poco han ido apareciendo nuevos medios de comunicación como el diario, la radio, el teléfono, la televisión, y en última instancia, internet, que inicialmente estaban en manos de pocos (los de siempre, los más adinerados) y que a medida que pasaba el tiempo se han ido democratizando. De modo que la mayor parte de la sociedad, por no decir toda, tiene, actualmente, acceso a la información.

Sin embargo, hay un conjunto de informaciones privilegiadas, como podrían ser los datos personales de según qué personas: nombre y apellidos, estado de salud, raza, creencias, número de cuentas bancarias, etc. que a algunos les pueden interesar por varios motivos.

En Millenium esta situación se da: estamos en un estado sueco corrupto donde hay movimientos de dinero que nadie controla e información muy prestigiosa a la que la sociedad no puede acceder, pero que debe hacerlo si no quiere seguir estando engañada por el sistema que supuestamente vela por su seguridad. Es algo así como lo que ha sucedido en los últimos días en Cataluña con Félix Millet: supuestamente nadie conocía el dinero real que entraba y salía de los fondos del Palau de la Música, pero esta información, privada para cualquier particular, debía ser conocida por la sociedad, ya que parte del dinero de esta institución lo hemos aportado entre todos.

En fin, a partir de esta situación en la que hay información personal pero que debería ser conocida por la sociedad, personas como Lisbeth Salander, que tienen suficientes conocimientos para acceder a esos datos y suficiente curiosidad para consultarlos, intentará mostrarlos a la sociedad para que se de cuenta de que el estado les está engañando.

Por tanto, como ya dije en algún escrito anterior, podríamos interpretar esta cuestión como una propuesta de Larsson hacia el buen periodismo, que se encarga de informar y controlar las actividades del estado, y hacia la vulneración de algunos derechos individuales por parte de la sociedad para conseguir un estado transparente y legal.

Clara de Melo Ponce.

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El mundo de las pantallas y el control

Todos conocemos el famoso programa de televisión Gran Hermano o Big Brother, nacido en el Reino Unido. Se trata de un reality que se basa en encerrar a un número determinado de personas en una casa en la que deben convivir durante un tiempo, en el que estarán controladas las 24 horas del día mediante numerosas cámaras de televisión.

¿Es quizás este programa un avance del mundo que nos espera en el siglo XXI?¿Un mundo formado por la vida virtual, basada en ojos que ven y las pantallas que muestran?¿Un mundo regido por el control de unos ojos que no dejarán de observarnos en ningún momento estemos donde estemos?

Decíamos que el famoso reality nació en el Reino Unido, y es que en este país, en el año 2003, existían 55 cámaras de vídeo por habitante en la calle. Pero no hace falta irse tan lejos: hoy en España las podemos encontrar en comisarías, párkings, tiendas, en la misma calle (delante de edificios importantes como el Congreso de los Diputados), discotecas, entre otros. Y quién sabe lo que se hace con esos vídeos.

La cuestión es que siempre ha existido el control del ciudadano por parte del estado (¡ya que es necesario para poder convivir en paz!), pero también es verdad que este control no ha dejado de evolucionar y, cada vez, de una forma más acelerada.

Esto lleva a que nos formulemos las siguientes preguntas: ¿Hasta dónde llegará esto? ¿Terminaremos viviendo en un mundo formado por estos ojos que todo lo ven y esas pantallas que todo lo emiten?

Como comenté en algún escrito anterior, Stieg Larsson hacía referencia, indirectamente, a esta cuestión. Muestra el mundo de la informática como una base de datos sin fin y lo materializa con una experta en esta tecnología. Introduce también conceptos como el de estado corrupto y, como consecuencia, el de la no garantía de seguridad de los ciudadanos. Con ello, creo que insinúa que estamos en un mundo en el que, o investigas tú o nadie lo va a hacer por ti para garantizar tu seguridad.

En cierta manera, Larsson nos autoriza para que nos saltemos las normas con el fin de proteger nuestros derechos colectivos. Pero para ello deberemos vulnerar algunos derechos individuales, con la finalidad de crear un estado transparente y una sociedad policía que lo controle constantemente.

Por tanto, sí que existe cada vez un control más feroz del estado hacia la sociedad. Y no sabemos hasta qué punto llegará. Pero lo que está claro es que podemos evitar este posible mundo futuro conocido como el Gran Hermano haciendo lo que nos propone Larsson: dejar al estado que controle, pero controlarlo a él también.

Clara de Melo Ponce.

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¿Hasta dónde llegará el control?

La pregunta que encabeza este escrito puede alarmar a unos y hacer reír a otros. Se trata de una cuestión simple pero que puede llegar a complicar nuestras vidas.

El control es algo muy antiguo que el Estado de derecho empezó a ejercer desde la violencia, con tal de garantizar una seguridad a los ciudadanos. Un control materializado en cuerpos de policía, ejércitos militares, entre otras formaciones. Un control que ya podemos decir que vulnera el derecho individual de la libertad con el argumento de que el estado debe garantizar el derecho colectivo de la seguridad.

Al uso de la violencia como mecanismo de control le siguen las técnicas y dispositivos de identificación de las personas, que en el caso de Francia nacen con el nombre de carné de identidad, con el objetivo de identificar a las minorías étnicas. En el caso de España este documento apareció en el 1944, con Franco, con el objetivo de controlar a los “indeseables comunistas”. Con ello, una medida más para tenernos a todos a mano para castigarnos en el caso de que nuestra conducta no sea correcta.

Y podemos seguir nombrando controles más modernos, como el de la imposición de un nombre (apellido en nuestro caso), la creación de los censos y las conscripciones, entre otros. Finalmente, yo diría que el último método de control y más moderno que se ha ido imponiendo en nuestras vidas es el control virtual. Hoy en día estamos sometidos a los medios de comunicación y las nuevas tecnologías, aparatos que nos influyen con sus contenidos y que, a la vez, nos controlan.

¿Cuántas veces hemos escrito nuestros datos en una página web? ¿Cuántas fotos nuestras circulan por internet? Ahora que internet no está regulado (porque hay que tener muy claro que en pocos años se tomarán medidas), cualquier persona, buscando un poco, puede saber desde cómo nos llamamos hasta a dónde fuimos ayer de fiesta. Yo a esto le llamaría vulnerar el derecho a la intimidad, un derecho fundamental que todos tenemos pero que nadie respeta. Así que imagínense si nosotros sin querer vulneramos los derechos de los demás colgando sus fotos por internet (en redes sociales tan conocidas como Facebook), cómo los vulnera Lisbeth Salander, una especialista de la informática, entrando en los ordenadores de los demás y extrayendo información cada vez más confidencial.

Con este rapidísimo repaso que hacemos a la “historia del control”, podríamos pensar que, a medida que pasan los años, las personas cada vez estamos más inspeccionadas, ya sea por el estado (policía, organismos de investigación, escuchas telefónicas, cámaras de vídeo en las calles) como por los medios de comunicación, que emiten constantemente datos personales (sobre todo internet).

Sin embargo, desde mi punto de vista, este control está justificado. Como decía líneas atrás, el estado vulnera unos derechos individuales para garantizar unos colectivos. Pongamos un ejemplo para que me entiendan mejor: imaginemos que la policía sospecha que yo soy pederasta. A partir de unas pruebas mínimas que den pie a pensar esto de mí, considero que el estado tiene total libertad para entrar en mi ordenador, controlar mi actividad diaria, escuchar con quién hablo por teléfono y qué digo, etc. Siempre que haya motivos veraces de que yo pueda estar arruinando la vida de algunos (en este caso de unos niños), el estado debe de tener todo el derecho de controlar mi actividad hasta atraparme como presunta pederasta.

Y esto con todos los posibles delitos que puedan producirse: malos tratos, terrorismo, tráfico de drogas, etc. Por lo tanto, yo le doy todo el derecho al estado de tener toda la información que necesite de mí como ciudadana, siempre que acuda a ella justificando el porqué y no llegue a hacer un abuso de ésta.

Pero como todo, cuando alguien tiene el poder sobre algo (y más sobre la información: “la información es poder” hoy en día), es difícil poderlo controlar y asegurar que no se vaya a hacer un mal uso de ello. Por lo que, además de darle al estado total libertad de acceso a la información de los ciudadanos (siempre que haya una justificación, insisto), debemos de poder controlarlo de alguna forma. Y creo que la más eficaz es la de hacer lo mismo con él: crear un organismo que lo persiga y controle su actividad para que luego el estado la justifique adecuadamente.

Clara de Melo Ponce.

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