Archivo mensual: enero 2010

Algo pasa en las aulas…

Al entrar a clase el primer día -confieso haber llegado algunos minutos tarde- creí haberme confundido de aula. En la pantalla se estaba proyectando un video de youtube acerca de la familia Manson. Volví a comprobar la clase en el horario, me fijé en que el profesor era un viejo conocido, el doctor José María Perceval y entonces deduje que siendo así bien podría no estar yo confundida. Efectivamente, al encender las luces, para mi tranquilidad se confirmó en la pizarra “Seminario sobre cuestiones de actualidad”. Respiré tranquila. Pero abajo algo alteró mi calma “Tema: Millenium”. 

 

En un primer momento me pareció algo pretencioso basar un seminario de tres meses en cuestiones acerca del conocido best seller. Pero, claro, no me lo había leído. Desconocía la trama, los diferentes temas y su vigencia y actualidad y lo poco arquetípico de sus personajes. Poco a poco, con el transcurso de las sesiones no pude más que dar mi brazo testarudo a torcer y admitir que sí, el tema daba de sí. Cada sesión se centraba en un aspecto de la novela que el profesor sacaba a relucir relacionándolo con otros similares que actúan en la sociedad real o con manifestaciones culturales que lo representan. Me he acostumbrado a salir de las clases abrumada por la cantidad de referencias, que luego me veo con la necesidad de asimilar por partes y conservar para el futuro (nunca se sabe cuando necesitaré hacer uso de ellas). Siempre, como es costumbre en JM. Perceval, sugiriendo más que mostrando, para sembrar en nuestro intelecto una curiosidad, unas inquietudes que nos llevaran a un trabajo posterior de reflexión personal. Es posible que su intención sea la de formar periodistas con capacidad crítica y pensamiento propio. En todo caso, espero que así sea. 

 

 Lo fundamental de la asignatura es que nos permite escribir y desarrollar un estilo, algo que se hecha de menos y debería estimularse más en la carrera. 

 

Diana Mizrahi

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Lisbeth, Lisbeth… muñeca rota

Tras una dura infancia y una adolescencia transcurrida entre las paredes de reformatorios y consultas psiquiátricas de manera injusta, podían aparecer dos tipos de personalidades opuestos: la de la víctima, rezagada para siempre a interpretar este papel o la de mujer que resurge con conocimientos de sobra acerca de la dureza de la vida y que aprende a defenerse. Lisbeth Salander, la oscura protagonista de Millenium encarna este segundo perfil psicológico. Una chica de X años que se ha visto capaz de sacar fuerzas de la flaqueza. Su aspecto es andrógino y frágil. Pero no te debe engañar, estás delante de una fiera indomable, aunque no por ello salvaje. Su agresividad despierta sólo si algo perturba su mansa paz. Si se comete un acto que juzga ilegítimo, ya que tiene un sentido de la justicia muy personal y elevado. Entonces se vuelve vengativa y cruel y dispone su elevada inteligencia a este servicio. Es capaz de hacer cosas que siempre han quedado reservados a los héroes masculinos: desde hackear tu ordenador o desatar sobre tí una venganza física difícil de recuperar. Todo ello acaba configurando un rasgo que la hace increíblemente atractiva para -según mi juicio- la mayoría de mujeres que se dejan atrapar por la trilogía de Millenium: su independencia y libertad. 

 

Pero todos estos rasgos tienen su lado amargo. Esta autosuficiencia la ha tenido que forjar para asegurar su supervivencia en el ambiente hostil en el que ha tenido la mala fortuna de crecer y ha implicado una incapacidad gélida para relacionarse con sus semejantes, para expresar lo que siente y comprometerse por amor.

 

Es un personaje lleno de fuerza y pasiones contenidas a punto de estallar, por otro lado, siempre. Aunque sólo sea en la fiereza que esconden sus silencios. Es la heroína del siglo XXI, en controversia consigo misma y en guerra contra la sociedad injusta que la rodea. 

 

En el fondo, es como un lobezno asustado al que todos querríamos dar protección. Para verle crecer en todo su esplendor.

 

Diana Mizrahi

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¿Sin violencia no hay fútbol?

Hay gente que no lo entiende, que la mira raro, pero ella dos veces por semana madruga considerablemente con el fin de ir al gimnasio a practicar su deporte favorito: la natación. Aquellos que compartan gustos, entenderán. Cuando una servidora piensa en deporte o ejercicio físico le viene a la mente la sensación placentera de la toma de consciencia del propio cuerpo, la grata euforia que produce el hecho de realizar una actividad en grupo en pos de un objetivo común y la inexplicable paz que resta en el deportista después de tal tarea. Serotonina, señoras y señores, la misma substancia que segrega el cuerpo humano al hacer el amor. 

 

Es por ello que cuando en el seminario se me propone escribir un post sobre violencia y deporte mi cerebro tarda en reaccionar. Es al hablar con amigos -más sedentarios pero seguidores de otro tipo de deporte: el de bufanda del barça y noche de sábado con cervecitas en el bar- que empieza a entender. Al parecer nos estamos refiriendo al deporte de afición y, de todos ellos, al que mueve masas, pasión de multitudes, el que reina en este continente: el fútbol, en él se hace más evidente esta relación. 

 

Su éxito radica en una fórmula fácil, archiconocida ya desde los tiempos del teatro clásico: la catarsis o liberación de las pasiones. El público acude a las gradas con el fin de ver representada la comedia humana, la tragedia que también encuentran en sus vidas. La comparten con sus semejantes, que se agrupan bajo una misma bandera. Al contemplar el espectáculo se produce un efecto de purga interna: no están solos, sus problemas, odios, frustraciones y alegrías son comunes al resto. Este tipo de actos son necesarios para la salud de una comunidad, descargar la ira en las gradas evita que se descargue en otros espacios. El problema surge en el deporte al tratarse de competición, porque esta identificación no se realiza en global. Se crean contrincantes, los otros, el enemigo a quien echar las culpas y castigar. Porque asumirlas para adentro, de forma cristiana quizás duele demasiado, hiere el orgullo. Y a veces la necesidad de descarga de un sector de la sociedad es tal que se pierde la consciencia de que todo era un juego. Al ver a sus semenjantes predispuestos el efecto es de contagio, ya se sabe, la ira sólo genera más ira. Se trasladan los conflictos sociales al terreno de juego y se confunde la contienda con fines deportivos con otras reales que nunca van a solucionarse en el campo.

 

En internet pueden encontrarse datos, en la prensa diaria ejemplos acerca del tema. Los leeríamos y nos escandalizaríamos, a pesar de que ya nos son familiares, casi cotidianos. Se han creado comisiones, reglamentos y las organizaciones deportivas se han esforzado por promover actitudes pacíficas y castigar este tipo de violencia. Aún así desde los espacios y publicaciones deportivas se alimenta la ribalidad, la competencia. Está claro que el conflicto vende. Y si no ocurre en la cancha, se da en el bar o en la Cibeles de turno… como indiviudos todos deberíamos hacer una reflexión y recuperar la sensación serotonínica. ¿Supondría la muerte del deporte como espectáculo?

 

Diana Mizrahi

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La violencia de género en el siglo XXI

La violencia ejercida por el hombre hacia la mujer pesa sobre la consciencia del tiempo desde, podría decirse, “siempre”. En el último siglo el desarrollo del pensamiento y de los derechos humanos ha tenido presente, por fortuna, el aspecto del género. Así, la sociedad occidental -hasta el momento integrada sólo por hombres- ha adquirido, al menos formalmente, consciencia de la existencia de “la alteridad femenina”, asumiéndola como compañera que, aunque distinta en muchos aspectos, merece tener las mismas oportunidades y ser tratada con el mismo respeto con el que se trata al hombre.

Esto ha cambiado considerablemente las perspectivas vitales de las mujeres que integramos estas sociedades. Ahora, no sólo podemos votar, estudiar, trabajar y decidir libremente sobre todos los aspectos de nuestra vida, sino que además tenemos la potestad de denunciar cualquier violación de estos recién estrenados derechos y libertades. Para ello, sin ir más lejos, en las dos legislaturas que lleva, el gobierno de Zapatero ha creado varias herramientas que tratan de garantizar con mayor efectividad la protección de la mujer, como son la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género o el 016, la linea telefónica de asistencia gratuita contra este tipo de violencia. 

El gran avance de este tipo de medidas ha permitido la contabilización y toma de consciencia por parte de la sociedad de esta situación como problema a solucionar. Pero, pese a la buena voluntad de estos mecanismos que papá estado ha puesto al alcance de la mujer siguen existiendo casos de maltrato. 

 

Lo incierto de este tipo de datos -cuántas serán las ocasiones en que la víctima no denuncia por temor a represalias- ha dificultado la tarea de realizar una apreciación exacta que evidencie la tendencia de nuestras sociedades. Las herramientas creadas permiten la cristalización de muchos casos, por lo que puede tenerse la sensación de que va en aumento. Pero si se echa un vistazo a las cifras recogidas por el gobierno  en los últimos años el número de homicidios ha ido en descenso. Y este dato no puede obviarse.

Queda mucho camino por recorrer, es obvio, y resta en el aire la tarea más importante y compleja: erradicar los restos de machismo de cada una de las consciencias de los ciudadanos que habitan estas, nuestras, sociedades. 

 

 

Diana Mizrahi

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Nuestra intimidad, ¿la respetamos nosotros?

Cuando se habla de poner cámaras en las calles o otros lugares públicos, este tema siempre levanta mucha controversia. Son numerosas las veces que se levantan en contra clamando porque no se respeta nuestra intimidad y otras que en cambio opinan que es mejor dejar de lado parte de nuestro derecho a la privacidad en pro de la seguridad.

Estos dos puntos de vista nunca se pondrán de acuerdo y quien acaba ganando siempre es el poder, los ayuntamientos que deciden poder cámaras en determinada zona “por nuestra seguridad”. Los que protestan, acaban dejando sus protestas cuando ya no hay nada que hacer y se ponen con otra cosa.

Ante esto yo me pregunto, nos preocupa que el estado invada nuestra intimidad pero en cambio nosotros vamos dejando rastros de nuestra vida por Internet y eso también es intimidad.  Las nuevas redes sociales: Facebook, Tuenti, Fotolog, My Space, Twitter, Flickr, Messenger, chats… son beneficiosos para nuestras relaciones personales y el contacto con los que no tenemos cerca todos los días, pero también son una arma de doble filo. Con ellos vamos dejando rastro de nuestros datos personales, qué hacemos, cómo lo hacemos y con quién lo hacemos,…siempre que lo expliquemos, claro.  No nos paramos a pensar pero cada vez que publicamos una foto (o publica otro una foto en la que aparecemos) o damos datos de donde vamos o pensamos ir, estamos desvelando nuestra intimidad. Además los receptores de lo que contamos, sobretodo en la redes sociales, son la mayoría de veces “conocidos” a los que por algún motivo los agregamos o nos agregaron (sabe mal decir que no) porque hemos coincidido con ellos en clase o en el trabajo en un tiempo determinado de nuestras vidas. Si contáramos de entre todos nuestros “amigos virtuales” con cuantos de ellos  nos hemos tomado un café en el último año, seguro no nos saldrían más de diez. En cambio a todos ellos les enseñamos las fotos de nuestro viaje del pasado verano.

No digo que esto esté mal -que cada uno haga con su vida lo que quiera- pero que cuando nos planteemos quién invade nuestra intimidad no pensemos solo en las cámaras de seguridad o en los hackers, también en nosotros mismos.a

Laura Castel

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Opinión sobre la asignatura

Seamos sinceros, no busqué a la asignatura ella me encontró a mí. No estaba matriculada en un principio en esta materia y ni siquiera sabía de que iba, por eso cuando una amiga me comentó, a los primeros días de ir, de que iba en ideas generales, realmente consiguió sorprenderme: el libro de “moda” hecha asignatura.

Por aspectos puramente académicos conseguí matricularme en esta asignatura, ya que estaba matriculada en otra, y aunque en un principio tener como tema general, entre otros, la violencia, no me atraía en gran manera, finalmente, y cuando falta poco tiempo para terminar el cuatrimestre, puedo afirmar que esta materia me ha sorprendido para bien.

En principio puede parecer que el tema de millenium es el centro, pero este es solo el hilo conductor del temario. Del libro extraemos conceptos que son los que realmente importan y se desarrollan en clase. Lo interesante son estos conceptos, abstractos, un tanto ambiguos, temas universales como la libertad, la justicia, la violencia, el poder del estado frente la libertad individual. Se agradece conseguir introducir en el aula algo que va más allá de los conceptos teóricos cotidianos, de clases teóricas que solo llevan a memorizar para un examen y olvidar. Podemos agradecer al profesor Percebal el habernos permitido durante hora y media semanal hablar de otros temas, temas que conocemos pero a los que consigue darles otro punto de vista, otra vuelta de tuerca, y por un momento dejarnos pensar, luego ya cada uno decidirá opinar igual en contra o simplemente “no sabe no contesta”.

Hay actividades en clase que realmente me han chocado muchísimo y que nunca me había planteado por lo que me costó un poco situarme y hacerlas. Son las opiniones que al final de algunas sesiones se nos han hecho, todas relacionadas en cierta manera con la violencia, de si seriamos capaces de provocarla, justificarla, etc.

Mi opinión es que ha sido una asignatura diferente a las del resto de la carrera y que en cierto modo nos hace pensar en cosas que van más allá de la vida diaria pero que en cierto modo influye en esa vida diaria.

Todos estamos unidos en esta vida, así que la opinión que tengamos sobre temas como la violencia, la libertad, el papel del estado, hasta la opinión que tengamos de los hackers, afectará a nuestra forma de actuar y de este modo también de relacionarnos. así que poner todo esto sobre la mesa aunque sea solo hora y media a la semana es interesante

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Archivado bajo Inma Morant

¿Es necesario?

En las últimas semanas ha aparecido en diversas webs de cine la noticia que desde Hollywood están interesados en hacer una adaptación de The Girl With the Dragon Tattoo (nombre en inglés del primer libro).  Sony Pictures está negociando la adquisición de los derechos de los libros de Larsson para realizar una versión en ingles de la trilogía. Después de leer esto yo me pregunto ¿es necesario? Mi respuesta: no.

Puede que el nivel de la adaptación sueca no llegue para ningún premio pero es una adaptación bastante lograda y aceptable (Ver entrada) y no necesita ninguna otra versión. ¿Si nosotros llevamos décadas viendo películas dobladas al castellano desde el inglés, no pueden los americanos ver por una vez una película doblada al inglés desde el sueco o si quieren con subtítulos? No, tienen que hacer una versión, porque todo quieren tenerlo en americano.

Supongo que en esta versión meterán más carnaza, veremos al Mikael Bloomvist  mujeriego y galán que no hemos visto en los filmes suecos, y puede que también más escenas sexuales.

Como no podía ser de otra manera, la película tiene que contar con grandes estrellas porque sino no vende. La actriz que se dice tendrá el papel de Lisbeth es Natalie Portman (también se baraja a Kristen Steward o  Ellen Page) y para el papel de Mikael se rumorea en Internet que se contará con la presencia de George Clooney. Aunque Natalie Portman es una gran actriz no creo que borde el papel de Lisbeth como lo hizo Noomi Rapace. La actriz sueca encarna perfectamente a la Lisbeth de Larsson, y además si ya la tenemos a ella en la cabeza cuando nos imaginamos a Lisbeth, es difícil que otra la sustituya. El que sí que se asemeja más al perfil de Mikael es George Clooney. Cuando me leia los libros me imaginaba un Mikael más Clooney que no Nyqvist. Puede que por sus papeles en otras películas y por su vida amorosa creo que le puede dar ese toque de galán encantador con las mujeres y falto de compromiso que el actor sueco Michael Nyqvist no pudo darle.

Aún así no creo que necesitemos otras tres nuevas Millennium inundándonos los cines, seguro que hay miles de buenísimos escritores americanos deseando que una gran productora lleve al cine su novela.

Laura Castel

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