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Nuestra intimidad, ¿la respetamos nosotros?

Cuando se habla de poner cámaras en las calles o otros lugares públicos, este tema siempre levanta mucha controversia. Son numerosas las veces que se levantan en contra clamando porque no se respeta nuestra intimidad y otras que en cambio opinan que es mejor dejar de lado parte de nuestro derecho a la privacidad en pro de la seguridad.

Estos dos puntos de vista nunca se pondrán de acuerdo y quien acaba ganando siempre es el poder, los ayuntamientos que deciden poder cámaras en determinada zona “por nuestra seguridad”. Los que protestan, acaban dejando sus protestas cuando ya no hay nada que hacer y se ponen con otra cosa.

Ante esto yo me pregunto, nos preocupa que el estado invada nuestra intimidad pero en cambio nosotros vamos dejando rastros de nuestra vida por Internet y eso también es intimidad.  Las nuevas redes sociales: Facebook, Tuenti, Fotolog, My Space, Twitter, Flickr, Messenger, chats… son beneficiosos para nuestras relaciones personales y el contacto con los que no tenemos cerca todos los días, pero también son una arma de doble filo. Con ellos vamos dejando rastro de nuestros datos personales, qué hacemos, cómo lo hacemos y con quién lo hacemos,…siempre que lo expliquemos, claro.  No nos paramos a pensar pero cada vez que publicamos una foto (o publica otro una foto en la que aparecemos) o damos datos de donde vamos o pensamos ir, estamos desvelando nuestra intimidad. Además los receptores de lo que contamos, sobretodo en la redes sociales, son la mayoría de veces “conocidos” a los que por algún motivo los agregamos o nos agregaron (sabe mal decir que no) porque hemos coincidido con ellos en clase o en el trabajo en un tiempo determinado de nuestras vidas. Si contáramos de entre todos nuestros “amigos virtuales” con cuantos de ellos  nos hemos tomado un café en el último año, seguro no nos saldrían más de diez. En cambio a todos ellos les enseñamos las fotos de nuestro viaje del pasado verano.

No digo que esto esté mal -que cada uno haga con su vida lo que quiera- pero que cuando nos planteemos quién invade nuestra intimidad no pensemos solo en las cámaras de seguridad o en los hackers, también en nosotros mismos.a

Laura Castel

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La libertad individual y el Estado

La libertad individual y el Estado Casi al final de la segunda parte de la trilogía de Millenium, en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, Holger Palmgren, el primer tutor de Lisbeth Salander, sorprendre a Armasnky con una conversación en la que el antiguo jefe descubre su “visión libertaria del ser humano” Y lo hace con respecto a la actitud independiente de Lisbeth, que trata de solucionar y controlar su propia vida, tomar sus decisiones en base a sus principios y normas morales. Palmgren, abogado ético, inteligente, que ha trabajado para el sistema social y médico sueco no llega a esta conclusión y a defender esta postura en base a un racionamiento teórico. A mi entender, lo hace a partir de que conoce y averigua los secretos más duros de la vida de Lisbeth. El primer tutor admite que el “Sistema” no ha podido llegar a defender a la chica, no la ha tenido en cuenta, no la ha escuchado. El sistema se ha concentrado en seguir sus propios protocolos, por una parte; y además, en el propio sistema ya existen corruptos –morales, éticos, materiales- como Teleborian o el segundo tutor, que se benefician de estar metidos en el propio sistema para abusar de él –y de Lisbeth, por extensión. Palmgren parece entender esta desfiguración del sistema. Y de hecho admitir eso mismo ya es un paso para poder llegar a solucionar sus deficiencias. Aunque el primer tutor de Lisbeth va más allá, éste defiende la libertad individual del ser humano como sujeto único que puede tomar decisiones aunque estas no estén incluidas dentro de las normas sociales o las leyes establecidas. Se entra aquí en el debate de la libertad individual frente a la colectiva y la pregunta de ¿es siempre justo el Estado? ¿es lícito saltarse las normas y leyes sociales en pro de un fin de supervivencia del propio individuo?

Personalmente no soy capaz de saltarme casi ninguna normas. Sin embargo entiendo que hay situaciones, las límite, que probablemente requieren ignorar las reglas. Y se dice aquí eso mismo desde mi cómoda posición de ciudadana que no ha llegado a vivir ninguna de esas situaciones. Entiendo que la grabación con cámaras, en la calle, supone en muchos casos una invasión de la intimidad; pero en el caso del chico que agredió en el metro a una inmigrante aquella grabación ayudó a identificarle y detenerle. Y lo mismo ocurre con aquel otro chico que en el tren acuchilló a un seguidor de un equipo de fútbol y acabó con su vida. Prefiero arriesgar una parte de mi privacidad si así se consigue mayor seguridad. Este argumento es conservador, y lo lamento, pero en situaciones límite, como la vida y seguridad de alguien, casi no tengo dudas.

El problema está después en quién controla al controlador, que requiere un debate extensísimo. Hay que tener en cuenta que el estado controlador tiene en su seno corruptos, y debe haber igualmente mecanismos de control para ellos. Incluidos los medios de comunicación, que también pueden ser controladores, deben ser cuestionados y criticados si, como el caso del señor acusado y señalado de Canarias, resulta que abusan de su poder y no respetan la imagen o la presunción de inocencia.

En el caso particular de Lisbeth entiendo que intentara matar a su padre rociándolo de gasolina, lo entiendo, no lo aplaudo pero Lisbeth intenta proteger a su madre, que yace inconsciente en el suelo por la paliza de su padre. Salander consigue detener así a su progenitor, que ha abusado de su madre durante toda su vida. Es similar a lo que ocurre con su segundo tutor, Lisbeth inventa una venganza que logra detener sus abusos sexuales y maltratos. Entiendo su actitud, pero, aclaro, no la aplaudo. Si la forma violenta de Salander en estos dos casos es para proteger su vida o la de su madre, que ni el Estado ni la policía pueden proteger, en última instancia, no veo que Salander tenga otra opción, es “defensa propia” –suya o de su madre. Pero sólo defenderé esta opción si realmente es la única manera de defenderse a sí o a su familia. Entiendo que un padre o madre mate a otra persona si en un momento dado hay alguien que quiere atentar contra su hijo. Ahora bien, el encarnizamiento posterior, que en algún momento lo hay, 2º. Tutor, no lo incluiría en ese atenuante.

La venganza de Salander hacia todo aquél que abuse de ella, sea sexual, física o psicológicamente, no me veo capacitada para escudarla, porque la espiral de violencia que genera puede llegar a ser imparable. Y su intrusión a través de la red en la privacidad de los individuos sólo la justifico si es un medio –el único eficaz y el último- para detener una red de prostitución, un atentado inminente o una red de pederastia. Sólo como única, última, insustituible opción para llegar a la verdad y en casos tan delicados como estos citados. Cristina González Pilar

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