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¿Sin violencia no hay fútbol?

Hay gente que no lo entiende, que la mira raro, pero ella dos veces por semana madruga considerablemente con el fin de ir al gimnasio a practicar su deporte favorito: la natación. Aquellos que compartan gustos, entenderán. Cuando una servidora piensa en deporte o ejercicio físico le viene a la mente la sensación placentera de la toma de consciencia del propio cuerpo, la grata euforia que produce el hecho de realizar una actividad en grupo en pos de un objetivo común y la inexplicable paz que resta en el deportista después de tal tarea. Serotonina, señoras y señores, la misma substancia que segrega el cuerpo humano al hacer el amor. 

 

Es por ello que cuando en el seminario se me propone escribir un post sobre violencia y deporte mi cerebro tarda en reaccionar. Es al hablar con amigos -más sedentarios pero seguidores de otro tipo de deporte: el de bufanda del barça y noche de sábado con cervecitas en el bar- que empieza a entender. Al parecer nos estamos refiriendo al deporte de afición y, de todos ellos, al que mueve masas, pasión de multitudes, el que reina en este continente: el fútbol, en él se hace más evidente esta relación. 

 

Su éxito radica en una fórmula fácil, archiconocida ya desde los tiempos del teatro clásico: la catarsis o liberación de las pasiones. El público acude a las gradas con el fin de ver representada la comedia humana, la tragedia que también encuentran en sus vidas. La comparten con sus semejantes, que se agrupan bajo una misma bandera. Al contemplar el espectáculo se produce un efecto de purga interna: no están solos, sus problemas, odios, frustraciones y alegrías son comunes al resto. Este tipo de actos son necesarios para la salud de una comunidad, descargar la ira en las gradas evita que se descargue en otros espacios. El problema surge en el deporte al tratarse de competición, porque esta identificación no se realiza en global. Se crean contrincantes, los otros, el enemigo a quien echar las culpas y castigar. Porque asumirlas para adentro, de forma cristiana quizás duele demasiado, hiere el orgullo. Y a veces la necesidad de descarga de un sector de la sociedad es tal que se pierde la consciencia de que todo era un juego. Al ver a sus semenjantes predispuestos el efecto es de contagio, ya se sabe, la ira sólo genera más ira. Se trasladan los conflictos sociales al terreno de juego y se confunde la contienda con fines deportivos con otras reales que nunca van a solucionarse en el campo.

 

En internet pueden encontrarse datos, en la prensa diaria ejemplos acerca del tema. Los leeríamos y nos escandalizaríamos, a pesar de que ya nos son familiares, casi cotidianos. Se han creado comisiones, reglamentos y las organizaciones deportivas se han esforzado por promover actitudes pacíficas y castigar este tipo de violencia. Aún así desde los espacios y publicaciones deportivas se alimenta la ribalidad, la competencia. Está claro que el conflicto vende. Y si no ocurre en la cancha, se da en el bar o en la Cibeles de turno… como indiviudos todos deberíamos hacer una reflexión y recuperar la sensación serotonínica. ¿Supondría la muerte del deporte como espectáculo?

 

Diana Mizrahi

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