El declive de la violencia

Imágenes como las de los campos de concentración quedaron grabadas en nuestra conciencia durante el s. XX y nos han dado un nuevo entendimiento de quiénes somos, de dónde venimos y de la época en que vivimos. Durante el s. XX presenciamos las atrocidades de Stalin, Hitler, Pol Pot, Rwanda y otros genocidios; y a pesar de que el s. XXI sólo tiene 9 años de edad ya hemos presenciado un genocidio en Darfur y los horrores cotidianos en Iraq. Esto nos condujo a pensar que la modernidad nos ha traído una violencia terrible y que quizás los pueblos nativos vivían en una armonía de la que nos hemos apartado.

Pero a pesar de todo, en realidad, nuestros antepasados eran mucho más violentos que nosotros. La violencia ha ido disminuyendo en amplios periodos de tiempo y vivimos en la era más pacífica de la existencia de la especie.

Lawrence Keeley, un arqueólogo estadounidense, da unos datos escalofriantes. La probabilidad de que un hombre muera a manos de otro en comparación a fallecer por causas naturales en varias sociedades de les Tierras Altas de Nueva Guinea y del bosque tropical del Amazonas muestran una tasa de casi el 60%. Si la tasa de mortalidad por las guerras tribales hubiese continuado en el s. XX, en las dos guerras mundiales en conjunto los muertos habrían sido 2000 millones, no 100.

También podemos ver la forma de vida de las civilizaciones tempranas como las descritas en la Biblia. Y en esta fuente de los valores morales de algunos, una puede leer descripciones de lo que se esperaba en la guerra. También en la Biblia se ve como la pena de muerte era el castigo aceptado para crímenes tales como la homosexualidad, adulterio, blasfemia o responderle a sus padres.

Sólo a partir de la historia convencional sabemos de las formas de violencia socialmente aceptadas. Por ejemplo, toda historia social revelará que la mutilación y la tortura eran formas de castigo rutinarias. El tipo de infracción que hoy pagarías con una multa, en aquellos días resultaba en que tu lengua o tus orejas fueran cortadas, tus ojos cegados o la amputación de una mano. Existieron numerosas formas ingeniosas sádicas para la pena de muerte: ser quemado en la hoguera, por ejemplo.  La pena de muerte era una sanción para una lista de crímenes no violentos: criticar al rey, robar pan.

De acuerdo con varias ONGs, desde 1945 en Europa y América ha habido un fuerte descenso de las guerras entre estados, masacres étnicas y en golpes militares. A nivel mundial ha habido un pronunciado descenso por muertes en guerras entre estados. La tasa de mortalidad desciende de 65 mil muertes por conflicto por año en los 50 a menos de 2 mil por conflicto por año en esta década. Desde finales de la Guerra Fría ha habido menos guerras civiles, menos genocidios. Una reducción del 90% desde la Segunda Guerra Mundial.

Y la pregunta es: ¿Por qué ha caído la violencia? Una posible explicación sería la de Thomas Hobbes, que decía que la vida en estado natural era “solitaria, pobre, sucia, brutal y breve” como causa lógica de la anarquía. En un estado de anarquía hay una tentación constante de invadir preventivamente a tus vecinos antes de que ellos te invadan a ti. Los pueblos recolectores y cazadores piensan de esta manera y con frecuencia atacan a sus vecinos por miedo de que ellos les ataquen primero. La solución de Hobbes es el Leviathán, el Estado, que puede reducir la tentación de atacar, porque cualquier tipo de agresión sería castigada. Eisner argumentó que el momento de declive de los homicidios en Europa coincidió con el surgimiento de los estados centralizados. Esto apoya la teoría del Leviathán. También la apoya el hecho de que hoy vemos estallidos de violencia en zonas con anarquía: en estados frágiles, regiones fronterizas, mafias, bandas callejeras y demás.

La segunda explicación apela al concepto de “un juego de suma no-cero”, descrito por Robert Wright. Él señala que en determinadas circunstancias, la cooperación y la no-violencia benefician a ambas partes en una interacción. Por tanto, la violencia disminuye por razones egoístas.

De esta forma, parece evidente que la especie humana ha evolucionado, y ya sea por egoísmo propio o por querer el bienestar común, nos hemos civilizado y hemos substituido la violencia por el diálogo, aunque aún queda bastante camino para terminar con la violencia, si es que esto fuera posible.

Clara de Melo Ponce.

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